Educación y formación en Matria II (clases, organización y protocolo)

Nuestro sistema educativo tiene algunas cosas en común, pues se dan también clases de matemáticas, filosofía o de lengua, por ejemplo, como en vuestro mundo, pero hasta ahí queda la similitud y hay una serie de clases que os voy a describir que indican la diferencia con el vuestro, y que según nuestras Maestras eran consideradas asignaturas ginárquicas que se podían realizar en conjunto o por separado.

La verdad, he de decir, que vuestro mundo es muy curioso con la educación sexual que tenéis, algunos países lo implementan y en otros brilla por su ausencia, pero en nuestro mundo es de gran importancia la educación sexual, un educación sexual basada ante todo en la satisfacción de la mujer y luego en la satisfacción del hombre en su servicio sexual hacia la mujer. Ellas daban clases de dominación erótica y sexual y nosotros clases de servicio sexual, para a final de mes tener dos clases conjuntas, aunque a veces ampliaban a más clases.

Las clases para ellas estaban enmarcadas en cómo dominarnos desde lo erótico y sexual y de cómo usar lo que aprenden para ejercerlo sobre nosotros. Además de la anatomía masculina, centrada en órganos sexuales y zonas erógenas, su instrucción confluye en dominación física y dominación mental. Eran instruidas desde inicio de la pubertad cuando nosotros empezamos a sentir lo que en vuestro mundo empieza a sentir todo adolescente, y se les enseña a aprovechar esa liberación de hormonas en su beneficio propio para controlarnos sexualmente, a su capricho, llevando ellas la iniciativa y dirigiendo cómo transcurre la situación. 

Ellas aprendían desde técnicas de lucha erótica para sexo más primario o salvaje hasta técnicas de presencia y sensualidad para un coqueteo más sutil y elegante, y a medida que van pasando los cursos aprendían técnicas más sofisticadas como el control y denegación de nuestro orgasmo, ataduras ginabari que en vuestro mundo llamáis shibari y otras técnicas que no me quiero extender, pero que ya os digo que al terminar la ágora toda mujer sabía cómo quería que un hombre le dejase satisfecha y lo que tendría que hacer para que un hombre cumpliera con su deber de  satisfacerla sexualmente. 

Las clases para nosotros estaban encaminadas para saber servir sexualmente a la mujer, aprendíamos primero la anatomía femenina y que toda ella debía ser sujeto y objeto de nuestro devoción hacia ellas y a sentir la sumisión física y mental hacia la mujer. Nuestra misión era servir y nuestro objetivo satisfacerlas, nos enseñaban técnicas de satisfacción de todo tipo para que ellas se sintieran plenas y que nosotros sintiéramos satisfacción por darles placer, así que íbamos conociendo sus zonas erógenas, cómo tocar, acariciar, hacer masajes y estar siempre disponibles hasta para servir de asiento si alguna así lo dispusiese para conseguir su placer. Recuerdo que me costaba mucho hacer masajes de pies, me sentía un poco torpe u no le veía sentido, pero que a base de repetir y repetir pude conseguir que me gustase, que la cuestión no era satisfacerme a mi sino aprender a satisfacerlas a ellas.

En las clases conjuntas que nos tocaba me viene a la memoria la seguridad y sensualidad que desprendían nuestras compañeras, las técnicas que empleaban para dominarnos y cómo nosotros seguíamos sus instrucciones. Se notaba lo que aprendíamos cada uno y si habíamos estado atentos en las clases teóricas para luego llevarlo a cabo en las clases conjuntas. Ellas nos preguntaban lo que habíamos aprendido y según lo que respondiésemos nos felicitaban o nos reprendían bajo la atenta mirada de las Maestras, porque había consecuencias si nos equivocábamos, ya se consideraba una falta de respeto no prestar atención y sobre todo no esforzarse, así que si fallábamos en la teoría os podéis imaginar si se fallaba en la práctica, y que para eso servían las clases de castigo y disciplina.

Las clases de castigo y disciplina eran unas clases dirigidas única y exclusivamente para nuestras compañeras, ahí aprendían a castigarnos cuando fallábamos en nuestro cometido y a disciplinarnos si querían cualquier tipo de mejoría en nosotros, y como contra parte nosotros recibíamos clases de aceptación que eran clases dirigidas para que aceptásemos y agradeciésemos los castigos y disciplina que Ellas nos impusieran. Ellas iban adquiriendo conocimiento y práctica en el uso de diversos instrumentos de azote y qué instrumento podría venir bien para cada castigo o disciplina. 

Al principio las Maestras eran las ejecutoras, pero a medida que fuimos pasando de curso nuestras compañeras empezaron a castigarnos y a disciplinarnos hasta hacerse costumbre normal y cotidiana que no hiciese falta que nos castigasen y disciplinasen las Maestras porque ya lo hacían nuestras compañeras. Era muy usual que en las asambleas mensuales varios alumnos fueran castigados y disciplinados y que varios alumnos fuesen felicitados, pues era una manera de hacernos ver que las faltas se castigaban sin excepción y que el esfuerzo se premiaba sin excepción.

A cada curso que íbamos pasando se iba acrecentando el liderazgo de nuestras compañeras sobre nosotros gracias a las clases que he mencionado, pero sobre todo a las clases de protocolo donde Ellas adquirían la base para mandar y nosotros la base para servir, lo que si bien las clases eran siempre conjuntas, para ellas eran clases de liderazgo y protocolo y para nosotros eran clases de servicio y protocolo, por lo que el protocolo servía de apoyo teórico y práctico para que Ellas nos dirigiesen y 'para que nosotros obedeciésemos. En esas clases nuestras compañeras, con supervisión de las Maestras, estipulaban las reglas que se tenían que seguir y el código de conducta de todo nosotros, desde cómo teníamos que dirigirnos a Ellas hasta las obligaciones que teníamos en clase como limpiar el aula antes y después de cada clase.

La jerarquía se nos fue interiorizando a cada uno. Nosotros asumíamos nuestro papel de servicio y Ellas su papel de liderazgo en un sistema en el que las Maestras ayudaban a implementarlo a través del cumplimiento del protocolo. Cada curso tenía cuatro grupos y en cada grupo Ellas aprendían a gobernarnos, y cada semana se celebraban asambleas semanales por cada grupo y al mes una asamblea por cada curso. Nuestras compañeras nos dirigían colegiadamente, no existía eso que en vuestro mundo llamáis delegados de clase, Ellas eran las que mandaban y siempre se ponían de acuerdo para decirnos lo que había que hacer, y si bien alguna vez podrían elegir a una referente para comunicarnos lo que teníamos que cumplir, cualquiera de Ellas era una líder y todas tomaba conjuntamente las decisiones que competiesen al funcionamiento del grupo. 

Las Maestras orientaban hasta que nuestras compañeras estuviesen resueltas, y dejaban que Ellas gobernasen el grupo con total independencia, aunque a Ellas les gustaba dejarse aconsejar por las Maestras aún cuando ya disponían de total autonomía. Cuando las Maestras contemplaban que la sororidad era total entre nuestras compañeras sabían que había llegado el momento de que su orientación no hacía falta. La sororidad era un concepto que definía el momento en que nuestras compañeras alcanzaban plenos poderes de conciencia para gobernarnos y dirigir un grupo, y que lo reflejaba cuando la solidaridad entre las compañeras era total a la hora de coordinarse y distribuirse funciones.

Entre Ellas elegían quién o quiénes se encargaban de castigarnos y disciplinarnos en cada asamblea, los deberes y obligaciones que cada uno de nosotros tenía que hacer, la compañera que hablaría en nombre del grupo en las asambleas mensuales, entre otras muchas cosas que cuando la sororidad era completa a las Maestras no les hacía falta mediar en ningún momento, pues era tal el grado de dominación, autoridad y superioridad que la ginarquía estaba completada porque eso garantizaba que el grado de sumisión, obediencia e inferioridad era máximo entre nosotros.

El protocolo era de obligado cumplimiento y devoción, porque era el código que plasmaba las reglas y nuestra conducta, y por supuesto, la organización era esencial porque era un reflejo de la sociedad en la que participaríamos cuando terminásemos nuestra estancia en el Ágora, y las Maestras eran las transmisoras con su sabiduría y experiencia las que se encargaban de formarnos y educarnos en la ginarquía. Las Maestras cumplían un papel fundamental, eran mucho más respetadas y sobre todo reconocidas y reverenciadas que un docente pueda ser en vuestro mundo. 

Las clases que he citado siempre se encargaba una Maestra de impartirlas, y si bien había hombres que podían dar clases y recibían el nombre de ayudantes, nunca un hombre podía dirigir una clase, pues cuando ellos daban clase era bajo tutela de la Maestra, y así de esta forma los ayudantes nos servían de ejemplo al observar cómo servían a las Maestras y aceptaban con sumisión y humildad dar las clases que las Maestras les permitiesen, puesto que los ayudantes tenían que seguir el protocolo que las Maestras fijasen. Un ayudante que siguiese correctamente el protocolo podía dar clase de historia o de música, y cuando era necesario las Maestras dejaban que los ayudantes nos diesen clase de servicio y protocolo, pues las Maestras sabiamente pensaban que servía de eficaz refuerzo a lo que Ellas nos enseñaban.

Mi años en la ágora fueron años de intenso aprendizaje, vivencias, castigos, disciplinas y felicitaciones que me marcaron profundamente y que os contaré en otro momento, pero que os puedo decir que fueron unos años muy productivos que me ayudaron a ser el hombre que soy.

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