Educación y formación en Matria III (aprendizaje y vivencias)

Como ya os dije, mis años en la Ágora fueron años de intenso aprendizaje, vivencias, castigos, disciplinas y felicitaciones que me marcaron profundamente, y que fueron unos años muy productivos que me ayudaron a ser el hombre que soy.

Las Maestras siempre me provocaron mucho respeto, la primera vez que entré a la Ágora me imponían bastante y siempre tuve la misma sensación hasta el último día que pisé la Ágora. Los primeros años me inspiraban una mezcla de mujeres de talante venerable y con mucha autoridad maternal, que según la edad de la Maestras, me recordaban a mi madre o a mi abuela, pero que a medida que iba avanzando de curso me iban recordando a mis primas y hermanas y en los últimos años a mis compañeras, pues ya no había mucha diferencia, y la autoridad maternal fue pasando a una autoridad más severa y un talante más estricto.

Nos enseñaron cómo debíamos tratar a nuestras compañeras y cómo dirigirnos a ellas, y por supuesto a las Maestras, siendo diferente el trato y el tono jerárquico con el que nos dirigíamos a los ayudantes, que incluso nos daban buen ejemplo de cómo ellos trataban a las alumnas a medida que iban creciendo y pasando de curso.

Los chicos teníamos que limpiar las aulas antes y después de cada clase, mientras una Maestra nos supervisaba, aunque luego se iban quedando unas compañeras para aleccionarnos. De esta forma los chicos y chicas íbamos interiorizando nuestro sitio y nuestro rol que se extendía en el patio de recreo, pues siempre jugábamos a lo que querían nuestras compañeras, y no como en vuestro mundo que se hacía segregado, sino que todos juntos jugábamos a lo mismo. 

El recreo era en donde más se interactuaba, y aunque yo ponía mucho empeño, no era muy hábil en los juegos, y a los que éramos malos nos terminaban usando de asiento cuando ellas querían descansar del juego, o como en los últimos cursos, que teníamos que dar masajes en los pies a nuestras compañeras, lo que a mi me molestaba porque me perdía el juego, ya que eran los perdedores y los torpes los que debíamos hacerlo y soportar su peso si nos usaban de asiento, siendo una forma al principio por parte de nuestras compañeras de fomentar nuestra competencia y valorar nuestras aptitudes físicas, aunque luego ellas iban dándole menos importancia usándonos a todos de asiento, y al final todos sabíamos cómo dar masajes y que cuidáramos que nuestras compañeras tuvieran sus pies descansados.

Siempre fui el más bajo y pequeño de la clase y pronto mis compañeras vieron las facilidades que tenía de ser yo más manejable y siempre me usaban de asiento, pero me hacían cosquillas y les hacía mucha gracia cómo me movía y retorcía suplicando su clemencia. A otros compañeros con más habilidades físicas les hacían competir haciendo flexiones y otras actividades, y a los más hábiles intelectualmente les retaban a acertijos y problemas mentales.

Poco a poco la exigencia fue subiendo y la disciplina se nos fue imponiendo, pues las maestras no querían fisuras en nuestro aprendizaje, y más de un compañero, y yo mismo, tuvimos que recibir castigos de concentración en cual nuestras mismas compañeras nos examinaban si decíamos bien la lección aprendida, y si no se hacía bien, se aplicaba la regla de las tres R que era "repetir, repetir y repetir" hasta que lo hiciéramos bien, y así ellas aprendían a dirigirnos y controlarnos, y nosotros a obedecerlas y respetar su autoridad. 

Los castigos no eran como en vuestro mundo, que en algunas épocas vuestras eran físicos, pero aquí no lo eran, sino que consistían en ejercicios con una finalidad más mental como la regla de las tres R que os he explicado. Ahí aprendí y aprendimos la lección de que no se trataba de memorizar, sino de comprender las lecciones que se nos daban, de comprender el contexto y situación de cada uno para así aprender en lugar que tendríamos que ocupar en la sociedad. Los castigos físicos, si tenía que haberlos, se reservaban para el espacio de la Matria y la Gina que era donde correspondía.

Los últimos cursos de la Ágora, que en vuestro mundo sería el instituto y sobre todo el bachiller, cada alumno y alumna iba perfilando el camino que iba a tomar cuando terminase nuestra estancia allí, y ahí me di cuenta que se me daba bien ordenar y documentar y las Maestras me encargaban cada vez mas esa tarea, y la verdad que sacaron lo máximo de mi, junto a mi gusto por la Historia, lo que mis compañeras me ordenaban que relatase, como si de un cronista se tratase, todo lo que había pasado en el último recreo, por lo que me convirtieron en el relator oficial de la clase.

Cada curso que pasábamos fue remarcando nuestras diferencias y ya nuestras compañeras sabían cómo dominarnos e imponer su autoridad a cada uno de nosotros, y a cada uno a su manera y al estilo de cada uno de ellas. Sabíamos a qué debíamos atenernos y adaptarnos con cada una de ellas según su gusto y personalidad, y ellas sabían cómo tratarnos a cada uno según nuestras aptitudes, virtudes y defectos, así que si las clases eran dominio de nuestras Maestras, los recreos eran el coto de nuestras compañeras, y pronto así asumíamos que nuestro cometido era satisfacer sus deseos, a estar atentos a sus indicaciones, ser proactivos y proponer, mientras esperábamos a que ellas dispusiesen lo que querían.

La Ágora me enseñó a ser consciente de mis principios SOI (sumisión, obediencia e inferioridad) como a todos mis compañeros y aceptarlos como parte de nuestro ser, y a ellas de sus principios DAS (Dominación, Autoridad y Superioridad) como parte de su ser, que en nuestras Matrias y Ginas íbamos a desarrollar, sobre todo los chicos en nuestra piel, y que en breve descubriréis.





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